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Gradiente |Pintura de Gilles Courbière | Compra arte en Flecha.es

Gradiente, 2021
Gilles Courbière

300€

Pintura

Acrílico sobre madera

UN CUADRO COMPLETO Es necesario aludir al contexto físico donde Gilles Courbière está creando sus obras en los últimos tiempos: sobre la mesa de un cuarto pequeño de su casa. Tras varios años en que lo hizo en un estudio amplio, la no renovación del alquiler por parte del dueño le llevó a trasladarse a aquella para trabajar. Las posibilidades físicas son más reducidas y como consecuencia ha optado por disminuir el tamaño de sus obras y simplificar la ejecución. Además ha decidido comenzar a probar con algo que llevaba tiempo rumiando pero a lo que nunca se había atrevido, al menos no de esta manera: hacer pinturas. En definitiva, aquellas circunstancias han sido determinantes a la hora de encarar una nueva serie, aunque el confinamiento haya ayudado de manera decisiva a la adaptación. Lleva todo este tiempo concentrado en la creación de pequeños cuadros. Cajas de tamaño reducido, que enmarcan formas y figuras de muchos tipos, aunque pintadas sobre todo con acrílicos. Para cada una de las piezas que componen la serie parte siempre de un esquema, a veces muy elemental. No obstante, la improvisación posee también un papel fundamental y cada obra se va conformando según avanza su realización. Por eso, y porque está en la idea general del proyecto, las apariencias de todas ellas son muy diferentes. Algunas son ordenadas y otras caóticas, unas son sistemáticas y tan regulares como el neoplasticismo mientras otras se sitúan en el extremo contrario. Y aunque lo habitual es que el color sea en ellas muy leve, a veces prueba con colores plateados, metálicos, que dan efectos iridiscentes. La propuesta respectiva que cada cuadro contiene es diferente de las otras y esa es la idea general, el punto de partida del conjunto: formas y colores distintos tienen que tener resultados variados. Una heterogeneidad que responde al carácter de prueba que presentan para su mismo autor, que incorpora todo tipo de formas (cuadrados, círculos, triángulos…), a veces presentadas mediante relaciones de oposición. Pese a esa disimilitud de formas, creo que lo que más pesa sobre la serie es el influjo de estilos sencillos y reduccionistas, como el suprematismo y el constructivismo (o la rama orfista que crearon los Delaunay). Y también epígonos afines como las propuestas pictóricas de Sol Lewitt, una influencia ya antigua sobre él. Y desde luego sigue importando el influjo de lo japonés, tan alejado de expresionismos y de sus zonas de influencia. En todos los citados existe una tensión fructífera entre la forma y el color. Y es ineludible pensar que para esta ocasión él se ha fijado en este último elemento, la policromía, de una manera especial y otorgándole primacía. No es la primera vez ni mucho menos que trabaja a partir de ello. Desde sus primeras y ya lejanas esculturas, teñidas de colores suaves, el color ha sido un elemento presente. Que ha ido ganando importancia, como demostró una serie reciente, la de los Gradientes, que tengo la tentación de sentir como un precedente claro de estos cuadros. Pues en ella hay una tensión similar entre la geometría de las formas y la presencia del color, entre el cálculo y la sensualidad más inmediata. La relación con Gradientes, pues, es evidente pero también las diferencias. Frente a la intensidad de los colores en aquella serie escultórica, su presencia en las pinturas es más suave, además de presentar más osadía a la hora de ser aplicados. Asimismo, buscan armonías diferentes en sus relaciones respectivas y se mezclan, mientras que en Gradientes ofrecían campos estrictos de color. Las superficies en esta serie están compuestas por pocas capas, dos o tres como mucho. A veces, de manera premeditada, en ellas se cuela el relieve. No es fortuito pues existe una tentación cumplida por ofrecer algún tipo de espacio preciso -el instinto del escultor. Encontramos diferentes capas y texturas, dispuestas de manera sutil y planteando en cada obra diferencias espaciales y de aspecto (en algunas esa relación no es tan sutil sino evidente). A veces, se trata de imagenes latentes, o también colores, que acaban aflorando. Y que en ocasiones a la pintura acrílica añada capas aisladas de óleo, con la finalidad de espesar el relieve, es un indicio espacial a tener también en cuenta. Si nos afanamos en buscar la esencia de la serie nos encontraremos con que, aunque su autor las haya denominado pinturas y el color sea un elemento esencial, sobre ellas asoma la naturaleza del escultor, el que trabaja con el espacio. Y es que la relación entre pintura y escultura se adueña de las mismas. En el fondo, Gilles Courbière lo ha pretendido: aunque sean pinturas sencillas es innegable que están construidas como relieves. A veces lija la superficie para proporcionar niveles distintos o espacios diferenciados. Mediante la aplicación de la lija realiza un trabajo de excavación, un proceso habitual en el campo de la escultura. De hecho, la síntesis entre esta y la pintura se demuestra evidente cuando nos enteramos de que las piezas son consideradas acabadas por su autor solo tras sucesivos procesos de lijado y pintado. Llevo todo el rato refiriéndome a estas obras como pinturas o relieves. Pero a la postre son cajas. Tienen un marco que las encuadra y proporciona profundidad (como ventanas, cabe también pensar). Y no hay que dejar pasar el dato de que sobre los marcos de esas ventanas hay líneas de colores que rodean la imagen principal. Inspiradas en pinturas medievales -algunas persas pero también cristianas-, acaban reconfigurando la obra y otorgándole un estatuto de objeto, un cuadro completo. Pablo Llorca

24 x 24 x 4 cm

Biografía

La inclusión de Gilles Courbière en una exposición colectiva titulada “La cicatriz interior”, que tuvo lugar en Madrid en 1998, sorprendió a algunos. La muestra desarrollaba el reflejo directo en sus obras respectivas de un grupo amplio de artistas que trabajaban a partir de elementos biográficos más o menos desarrollados. De la obra de Gilles Courbière no se esperaba que tuviese esa impronta. Sus redes de bambú, por ejemplo, aparentaban una filiación japonesa sin vínculos con lo personal, lo sicológico ni cosas parecidas. Su espíritu denotaba lo opuesto, algo más vinculado a lo zen. Sin embargo de la red que dispuso en la exposición emanaba un aroma expresivo, sobre todo a partir de su curvatura en tensión, agarrada por un cable que de no existir obligaría a la retícula a un movimiento violento de corrección. Para el que conociera las circunstancias de la vida de su autor cabía la posibilidad de que algo personal se hubiera filtrado ahí. Y el que no las conocía podía intuir que la calma horizontal de sus redes había sido alterada en modo importante. Pero que se sepa esa tensión se había limitado a aquella obra y lo japonés volvió a dominar el espíritu courbièriano. De aquel trabajo hace veinte años y desde entonces parece que sus esculturas volvían a ser impermeables a influencias personales de él mismo, cuya mano parecía desconectada de su pecho. Sin embargo su obra última vuelve a guardar sorpresas. Gilles Courbière tiene una trayectoria larga. De manera constante, sin distracciones que le aparten de su voluntad, su obra ha alcanzado un rigor de mucho peso, el cual y pese al camino recorrido no muestra síntomas de repetición o de amaneramiento. Ventajas del que sigue ilusionado con la tarea y que, libre de pleitesías que acaban minando el ánimo, mantiene energía e ilusión. Parecidas y al mismo tiempo diferentes a otros trabajos suyos anteriores son las esculturas que realiza en la actualidad. Si uno recuerda incluso las pequeñas piezas que realizaba en París ya a mediados de la década de 1980, o los paisajes coloreados, tan delicados, que comenzó a fabricar tras su llegada a Madrid hace unos veinticinco años, no puede subrayar cuánto tenían de orgánicas, y también de japonesas. Delicadas y hermosas, en las que introdujo una policromía sutil, era posible apreciarlas como alusiones a un paisaje que no se manifestaba de manera evidente pero estaba ahí. Y, segunda posibilidad complementaria, también como pequeñas maquetas de algo que podía tener sentido pleno con un tamaño mucho mayor. Tras ese conjunto ha habido otras muchas propuestas, e incluso obras anómalas como la mencionada al principio. A lo largo de todas ellas sin embargo se ha establecido una línea de renovación fluida, un continuo que, como la vida, refleja renovación y permanencia. En otras ocasiones he comentado que creo que ante todo su obra está basada en la fluidez y en la armonía, y que aquellas esculturas antiguas ya denotaban la voluntad de un movimiento físico, del que sin embargo carecían en la realidad. Así que, como es lógico, no resulta extraño, todo lo contrario, que un paso posterior haya sido dotar de movimiento a sus piezas, convertidas muchas de ellas en máquinas. Antes de una serie reciente, en la cual está inmerso en la actualidad, hay que detenerse en otro conjunto de esculturas realizadas en madera policromada (como veremos luego, un material noble como la madera coexistió con otros industriales como el metacrilato o el hierro, con poleas y engranajes). Las llamadas Gradientes son piezas de volumetría sólida, que parecen alejarse de la levedad de buena parte de sus esculturas. Pues si estas suelen ser ligeras, con una relación de fluidez y poca gravedad en el espacio, aquellos bloques sólidos tienen un peso preciso, apenas aliviado por el hecho de estar pintados con colores suaves. Ese conjunto, no obstante, ha evolucionado hacia una serie más marcada por la curva y por los colores, esculturas que parten de una relación con lo científico. Se trata de piezas semicirculares, con campos cuyas divisiones están marcados por gradientes. La estructura rigurosa y las formas geométricas básicas se contraponen y equilibran con el uso de los colores con los cuales están pintadas, en un balance de estímulos contrapuestos que me recuerda las propuestas, entre el cálculo y lo sensual, que llevaba a cabo Sol Lewitt en sus pinturas en las paredes. Tras esos trabajos en los que equilibra tensiones, Gilles Courbière ha acometido un conjunto importante de piezas que son artefactos, máquinas sencillas, construidas con poleas, cables, tuercas y otros engranajes, y que se mueven. Nadie debe pensar que estas piezas son máquinas como las de Tinguely o Niki de Saint-Phalle. Por supuesto que para ellas rige también un mecanismo de precisión, y que incluso a veces también se ha buscado un elemento anómalo como el ruido chirriante, pero se trata de trabajos en los cuales la fluidez de lo orgánico sigue presente. A través de un mecanismo armónico, de un movimiento continuo y suave –si bien no siempre ordenado- y de un empleo hermoso de los materiales y de los colores que usa. Esos materiales no siempre establecen entre sí una relación de armonía, y algunos más chirriantes como el metacrilato de varios tonos también se han colado. Pero al final siempre aparece la armonía en la relación entre los diversos componentes; una vocación por el contraste integrado, no estridente, tan propio de sus piezas. ¿La armonía elimina la existencia de un trasfondo? Ahí salta la sorpresa de las piezas recientes. Si al comienzo he aludido a aquel trabajo antiguo de la red en tensión ahora hay que fijarse en un acento que marca a estas últimas, un tono melancólico proyectado en ellas a través de la memoria. Hay que fijarse en su uso no accidental del sonido, que con frecuencia se convierte en eso que antes he llamado ruido chirriante. Que esas máquinas generen un ruido así quiere evocar sonidos que Gilles Courbière escuchaba habitualmente durante su infancia y adolescencia. “Durante años, de día y hasta bien adelantada la noche, el murmullo lejano de las fábricas o los ruidos rítmicos de los trenes en salida hacia París, provocaban en mí muchos sentimientos, de melancolía o de paz”. Una evocación hermosa. Pablo Llorca
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